La reforma laboral que necesita España

Estamos en unas semanas donde “reforma laboral” está, cada día y el de enmedio, en las portadas de los periódicos. Unos que la piden, otros que dicen que ni de coña, pero bueno luego igual sí, pero poco, que se pongan de acuerdo entre ellos, pues ya veremos…

Personalmente, creo que España necesita una reforma laboral (y otras muchas reformas) como el comer. Pero lo que voy viendo me resulta muy decepcionante. Si fuese un edificio, España necesitaría tirar tabiques, cambiar tuberías e instalación eléctrica… vamos, una reforma en toda regla. Y sin embargo, parece que todo se va a solucionar con una manita de pintura.

La reforma que, en mi opinión, necesita España es radical. E impopular. Por eso seguramente no se llevará a cabo. Ningún partido político podría prometerla en su programa electoral (porque perderían las elecciones), ningún gobierno la impulsaría (porque la gente se le echaría a la calle). Así que así seguiremos, languideciendo como país, con cifras de productividad cada vez más alejadas de los países de nuestro entorno, con gasto público insostenible… ¿Hasta cuándo? Hasta que nos demos cuenta de que no hay más dinero en la hucha, que no podemos endeudarnos más porque nadie quiere prestarnos, que simplemente no hay dinero para pagar pensiones, ni paros, ni sanidad ni educación ni obra pública. Y entonces miraremos al cielo y diremos “por qué, por qué”.

¿Cuáles son, para mí, algunos conceptos básicos de esta reforma laboral necesaria?

  • Entender que el trabajo no es un “derecho adquirido”: nadie “nos debe” un trabajo. El trabajo tenemos que merecerlo nosotros mismos demostrando (y desarrollando) nuestras capacidades, nuestra involucración, nuestro esfuerzo. Y tenemos que hacerlo día tras día. Si lo hacemos así, no nos faltará trabajo, ya que seremos el “trabajador perfecto” con el que cualquier empresario quiere contar. Y si no hay empresarios que cuenten con nosotros, tendremos que arremangarnos y convertirnos en empresarios nosotros mismos. Lo que no vale es sentarse a esperar “a que me den un trabajo”, y quejarse porque nadie lo hace. O una vez conseguido un trabajo, “relajarse” porque ya tengo trabajo y luego quejarse cuando uno se queda sin él.
  • La empleabilidad es una responsabilidad esencial del trabajador. “A mí, que me formen” no es aceptable. Es uno mismo el que tiene que hacer el esfuerzo por desarrollar sus capacidades, por adaptarlas a las necesidades presentes y futuras del mercado de trabajo. Va en ello su capacidad de encontrar y mantener un trabajo en el futuro. ¿Que cuesta esfuerzo? Pues sí, claro, pero es lo que hay ¿Que no lo quiere hacer? Perfecto, pero luego no vale quejarse, ni esperar que otros resuelvan lo que tú no has querido resolver.
  • Con ese concepto de “ganarse el derecho a trabajar día a día”, carece de sentido el concepto de “contrato indefinido”. Un contrato debe durar en la medida en que ambas partes estén satisfechas. Si por alguna razón una de las partes deja de estarlo, el contrato debe poder romperse, sin más. Sin aspavientos. ¿Despido libre? Sí. ¿Con alguna indemnización? Según el caso. Y desde luego, no como son ahora.
  • Las indemnizaciones vinculadas al tiempo de permanencia en el puesto de trabajo son una idea terrible. Da igual que sean 45 días por año trabajado, 33, o 20. Sobra el “por año trabajado”. El despido de cualquier trabajador debería costar lo mismo. El único criterio que debería pesar para un empresario a la hora de decidir con qué trabajador cuenta o con cuál no es si es bueno, si es productivo. La situación actual provoca que en muchas ocasiones pierdan su trabajo personas mejor dispuestas y preparadas por el único motivo de que “cuesta menos” despedirlas.
  • El despido procedente debe ser mucho más habitual. Hoy por hoy es dificilísimo conseguir la calificación de “procedente” para un despido, incluso en situaciones de abusos palmarios. Una legislación excesivamente garantista hace que se permitan abusos intolerables por parte de determinados trabajadores; al final, el único recurso para el empresario es asumir y pagar un “despido improcedente”. De nuevo, costes de fricción artificiales que dificultan quedarse con las personas más productivas y deshacerse de las que presentan actitudes y comportamientos negativos.
  • Para evitar abusos, en uno u otro sentido, el cuerpo de Inspección de Trabajo debe estar dotado de recursos suficientes. Las investigaciones deben ser rápidas y eficaces, tanto ante denuncias como de oficio. Se trata de investigar, de forma independiente, las situaciones de conflicto que se puedan dar en las empresas. Y de tomar las decisiones justas, bien sea a favor del empleado o del empresario.
  • Las indemnizaciones, y la protección social (el paro) deben ser ajustadas. Se trata de evitar que el trabajador, y su familia, se mueran de hambre. Pero deben ser, a la vez, un incentivo para buscar trabajo cuanto antes. No puede ser que se perciba el paro como un medio de vida, “bueno no tengo trabajo pero como tengo el paro… no tengo prisa”. Es una sangría para las cuentas públicas, y un incentivo negativo para la búsqueda de empleo.
  • Los “derechos sociales”, por muy deseables que sean, no son conquistas irrenunciables. Básicamente, porque cuestan dinero. Cuesta dinero tener protección por desempleo, cuesta dinero pagar pensiones, cuesta dinero la sanidad pública, cuesta dinero la educación pública, cuestan dinero las bajas laborales, las jornadas limitadas, las vacaciones pagadas… Ese dinero sale de las arcas públicas. Y ese gasto sólo es sostenible en la medida en que haya ingresos que lo compensen. Si no hay ingresos, habrá que ir pensando en renunciar a ello. Igual que una familia que, cuando le van bien las cosas, puede permitirse tener un coche, una casa, vacaciones, viajes, comidas fuera… pero cuando van mal las cosas tiene que asumir que no puede ir de vacaciones, que no puede tener una casa en propiedad (y quizás tenga que vivir de alquiler en un piso compartido), que no puede comprarse una tele de plasma. “Ni un paso atrás” es un slogan muy bonito, pero si no hay dinero para mantener un ritmo de vida, habrá que reducirlo. Y esto, que se entiende tan bien en materia de economía doméstica, parece que si lo elevamos a nivel país es una aberración, cuando la lógica es exactamente la misma.

Sí, lo sé, suena duro. Es que lo es. Pero no veo que las cosas puedan funcionar de otra manera. Nos hemos acostumbrado a vivir en “los mundos de Yupi” mientras vivíamos “de prestado” construyendo un país sobre sectores inflados artificialmente, y con el maná europeo fluyendo sin parar. Como niños de papá, manteniendo un elevado tren de vida a costa de un dinero que no era nuestro, y que nos llegaba sin demasiado esfuerzo. Ahora todo eso ha desaparecido. Ya no hay más patrimonio que fundirse. No podemos mantener el mismo ritmo de vida de nuevos ricos que nos hemos marcado en las últimas décadas. Tendremos que adaptar nuestro tren de vida a los ingresos que seamos capaces de generar por nosotros mismos. Y si queremos volver al que hemos disfrutado hasta ahora, tendrá que ser a base de mucho esfuerzo, individual y colectivo. Y pretender otra cosa es, en mi opinión, una ilusión irrealizable.

Asumo que haya gente que no esté de acuerdo con lo que digo. Agradecería que esos desacuerdos se expresasen de forma correcta, y a ser posible argumentada.

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El idioma del futuro

Tenía yo 17 años. Por aquel entonces terminaba el quinto y último nivel de inglés de la Escuela de Idiomas. Después de años dedicando parte de la semana a aprender inglés, me encontraba con que al año siguiente ya no tendría una “clase” a la que ir. ¿Qué hacer? Bueno, pensemos en otro idioma…

Por aquel entonces (la época del COU, de la selectividad) lo de los idiomas lo percibía como una cuestión de empleabilidad. “Algo que tenga futuro”. Y ahí andaba yo… entre el alemán (”porque en Europa son importantes, además los alemanes ya se sabe, para los negocios…”) y el francés (que era más típico). También, de forma muy lejana, pensabas en que quizás japonés… pero es tan exótico… Al final me matriculé en dos: de alemán sólo hice primero (o sea, un nivel tan básico que apenas ha dejado huella en mí) y de francés tercero (un nivel básico pero digno en su momento; ahora no lo tengo nada fresco, pero si quisiera recuperarlo imagino que algunas bases tendré bien asentadas en el cerebro).

El caso es que, en aquel momento, ésas eran las opciones que me planteé. Tampoco la Escuela de Idiomas ofrecía mucho más (italiano creo recordar). Desde luego, el chino, el hindú, el árabe… estaban absolutamente fuera del radar. Y sin embargo, si ahora me plantease empezar con un nuevo idioma, creo que éstos estarían sin dudarlo por encima de francés o alemán.

La cuestión es… ¿qué pasará dentro de otros quince (o diecisiete) años? ¿Serán efectivamente estos “nuevos” idiomas tan relevantes como ahora nos parece que van a ser? ¿O quizás haya otro “tapado”, quizás un idioma africano que hoy por hoy ni nos planteamos?

Quién sabe…

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El conocimiento, ¿es de la empresa?

Via un tuit de @fodor llego a un artículo de Rosabeth Moss Kanter (”gurusa” del management), sobre las dificultades de gestionar a los “trabajadores del conocimiento” y sobre todo de “controlar” ese conocimiento.

El tema es que las empresas pretenden gestionar el conocimiento de los trabajadores como si fuera una propiedad exclusiva de la compañía. Como si el cerebro pudiese “vaciarse” cuando sales por la puerta de la empresa (”este conocimiento lo ha generado en la empresa, así que es nuestro, lo tiene que dejar aquí y no puede llevárselo con usted”). Una insensatez. Pero así es como lo dicen los contratos. De hecho, he recuperado uno de mis antiguos contratos para copiar esta cláusula:

“El empleado reconoce que todos los servicios desarrollados por éste a favor de la empresa o de los clientes de ésta por cuenta de la empresa, son propiedad de la empresa en toda su extensión y son causa del presente contrato, sea cual sea su contenido, soporte o manifestación. Por consiguiente, el empleado cede a la empresa, con carácter exclusivo, toda creación expresada por cualquier medio o soporte, tangible o intangible, actualmente conocido o que se invente con posterioridad, contenidos en la Ley de Propiedad Intelectual, que se haya realizado por aquél durante la vigencia de este contrato en el seno de la relación laboral y de los servicios o actividad desarrollada por el empleado para la empresa o para los clientes de la misma, o para las actividades de la empresa en relación con terceros, sean éstas, y sin ánimo exhaustivo, de docencia, colaboración doctrinal, científica o formativas. Todo ello ha sido tenido en cuenta por ambas partes a la hora de fijar la retribución del empleado, por lo que no supondrán compensación económica adicional.” O sea.

No, la forma en la que la mente genera el conocimiento no puede ser sometida a normas legales de este tipo. No se puede controlar la mente de un empleado para saber qué ideas está desarrollando, cuáles nos cuenta, cuáles se guarda, cuáles tienen un origen en la empresa y cuáles tienen un origen en el libro que venía leyendo en el metro. Y tampoco se le puede pedir que “flashee” su mente para que, una vez que salga de la empresa ninguno de sus pensamientos tenga relación con los que tuvo mientras estaba con nosotros.

Como bien dice Moss Kanter, una de las cosas que tienen los trabajadores del conocimiento es que “no podemos saber lo que saben; lo más que podemos esperar es que decidan a compartirlo con nosotros”. Y quizás “si les damos más libertad a los trabajadores del conocimiento, a la vez que les hacemos sentir leales y comprometidos con nuestro proyecto, tengamos más probabilidades de que ellos compartan su conocimiento voluntariamente; y la mejor protección para las ideas generadas por una empresa es seguir generando nuevas ideas”.

Es decir: si imponemos un escenario restrictivo, es más que probable que esos trabajadores del conocimiento “se cierren”. Sí, tendremos blindadas las ideas que generen, pero ahogaremos el flujo de nuevas ideas. Si establecemos un ecosistema de mayor libertad es muy posible que perdamos un cierto control sobre las ideas que se van generando… pero a cambio tendremos abierto el grifo de la creatividad.

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La ventaja comercial de una firma grande

Como ya sabéis, la primera parte de mi carrera profesional se desarrolló en una gran multinacional de servicios profesionales. Una de las, por entonces, Big 5. Toda una experiencia.

En un momento dado, se incorporó como gerente una persona que venía de fuera. Él tenía su pequeña firma de consultoría en Barcelona, junto con otros socios, y le plantearon la posibilidad de entrar en la Firma. Una noche cenando en Mallorca, mientras compartíamos proyecto, le comenté que me llamaba la atención lo que había hecho. Es decir, para mí (que había “nacido” profesionalmente en la empresa grande) el ideal futuro era salir de la firma, tener mi propia empresa en la que yo fuera el jefe y tomara las decisiones. Justo lo que él había abandonado para meterse en lo que, para mí entonces, era “la boca del lobo”.

Su razonamiento me sorprendió: “es como si yo jugara en 2ªB, y me llamase el Barça para ficharme, es que es otro mundo”. Yo no lo entendía. A la “gran firma” yo le veía todo lo negativo, y tenía idealizado lo que era tener una empresa propia.

Después abandoné ese mundo, y empecé mis aventuras. Y ahora entiendo mucho mejor lo que me quería decir. En la distancia, sigo valorando negativamente muchas de las cosas que tenían las grandes multinacionales. Pero también, a medida que voy experimentando el otro lado, voy apreciando cada vez con más nitidez sus ventajas, muchas cosas que en su momento (quizás porque siempre habían estado ahí) daba por hechas.

Y una de las que más destacan es la inmensa inercia comercial que tienen las grandes firmas. La forma en la que está montado el negocio hace que surgan, aparentemente de la nada, clientes, trabajos, facturación… Ya sé, ya sé que no es tan “mágico” y que hay que hacer labor comercial, y cumplir objetivos, etc… pero la propia marca, la recurrencia de clientes, el entramado de socios con años de experiencia que conocen a todo pichichi… hacen que esa labor comercial se desarrolle con “viento a favor”. Mientras, cuando eres un “llanero solitario”, todo cuesta muchísimo más.

Es la diferencia entre uno que se abre paso en la selva a machetazos, y otro que va en un bulldozer.

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Bloggers a sueldo

Hoy se ha publicado en El País “Asalariados del blog“, un artículo elaborado por Mercé Molist para el que me pidió mi opinión hace ya algunas semanas. Supongo que leyó alguno de mis posts al respecto, y le pareció que podía aportarle algo.

No conozco ningún artículo periodístico que deje 100% satisfecho a quienes participan en él, supongo que es complicado encajar las opiniones de los distintos entrevistados. Siempre hay recortes y matices que se pierden. Pero en este caso estoy razonablemente satisfecho con el resultado.

Creo que el artículo ilustra el mundo del blogging “profesional” de forma bastante ponderada. Se muestra la cara bonita, y también la menos bonita. Siempre que hay cifras de por medio se corre el riesgo de no acertar, pero ninguna me chirría demasiado (de hecho, puesto a chirriar, me chirrían más las “bonitas” que las “feas”). Me sorprenden algunas reacciones que he leído, acusando al artículo de ser “sesgado” o de suponer un ataque de la prensa tradicional contra el mundo del blogging. Personalmente (y creo que tengo una experiencia razonable en el mundillo como para opinar con conocimiento de causa) creo que, con sus carencias, el artículo es bastante equilibrado. Supongo que hay a quien le gustaría ver publicado un publireportaje de lo fantástico que es ser blogger profesional, pero creo que no se adecuaría a la realidad. En ese sentido, me gustó mucho un artículo que escribio Manuls (ex-compi de WSL, él sigue en ello) hace poquito: el realismo del blogger profesional. Es una actividad con sus pros y sus contras, y “vivir de ello” es algo fuera del alcance de la inmensa mayoría.

Hay algún punto adicional que, en el artículo, queda un poco descolgado y que creo que podría dar para una discusión interesante. Es lo que tiene que ver con la comparación de blogs (en el sentido de “empresas de publicaciones”) vs. medios tradicionales. Yo apunto una serie de ventajas de los blogs (que son mayores cuanto mejor hechos están los blogs, que obviamente hay de todo), pero también alguna sombra relacionada sobre todo con la imputación de costes, las condiciones “laborales” y la opacidad fiscal (que obviamente también va por barrios).

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Blog de fotografía

Pues después de darle algunas vueltas, he decidido poner en marcha mi propio blog de fotografía. Los que lleváis por aquí un tiempo sabréis que últimamente me he aficionado al tema, y de hecho he venido escribiendo con cierta frecuencia por aquí. Pero la verdad es que me sentía cada vez un poco más “incómodo”, con la sensación de que por mucho que este sea mi blog personal, no era razonable dedicar tanto espacio a la temática.

Así que, como me apetece seguir escribiendo de ello, y creo que puede haber “chicha” para seguir desarrollando la afición, le he dado su propio espacio (al que podéis suscribiros si queréis). Así dejaré de hacerlo aquí.

El objetivo del blog es ser un acompañante en mi proceso de aprendizaje. No pretendo convertir ese blog en nada “comercial”, ni a publicar notas de prensa, ni a hacer revisiones indiscriminadas de cámaras, objetivos, software ni nada que se le parezca. Sólo mis fotos, lo que yo vaya aprendiendo, lo que me llame la atención, lo que vaya probando, lo que vaya leyendo…

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Eliminando envíos inútiles

Soy socio de varias organizaciones (ONG’s, Antiguos Alumnos…) que, con determinada periodicidad, acostumbran a enviar algún tipo de documento en papel (revista, boletines, etc.). No hablo de publicidad indeseada, sino de contenidos que alguien se ha tomado el tiempo y el interés en elaborar, maquetar… pensando que pueden llegar a ser interesantes para mí, y que entra dentro de la contraprestación natural de la relación.

Pero lo cierto es que, en la mayoría de las ocasiones… esos contenidos no me interesan. Y no lo digo como una afirmación a priori, ni tampoco entro a cuestionar si está bien o mal que no me interese, sino como resultado de la experiencia de años. El proceso es el siguiente: llega la revista en cuestión, la pongo en el montón de “cosas para leer algún día”. Cuando se han acumulado varias, digo “venga, va, voy a leer alguna”. Leo alguna un poco por encima, como por obligación. Y la mando a la bolsa de reciclaje. El resto se sigue acumulando.

De hecho, en los últimos tiempos y ante la constancia de lo anterior, he cambiado el proceso. Llega la revista en cuestión, quito el plástico con el que vienen protegidas, mando el plástico al reciclaje de plásticos, y mando la revista (sin ojearla siquiera) al reciclaje de papel.

Obviamente este proceso es ridículamente ineficaz. Un rodeo increíble (producir la revista, distribuirla a mi buzón, gestión por mi parte, reciclaje) sin que entre medias haya aportado ningún valor a nadie. Así que estoy contactando con todas estas organizaciones para pedirles que dejen de enviarme sus publicaciones. Que sí, que se lo agradezco, pero que mejor nos ahorramos todos esos pasos y ese desperdicio inútil de tiempo y recursos.

Lo único que lamento es no haberlo hecho antes.

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Para el 2010 quiero…

Llega el último día del año, y nos asomamos ya al 2010. ¿Qué le pedimos al nuevo año? Siempre salen buenos deseos y propósitos relacionados con la salud, con la vida profesional, con la vida personal… Pero la pregunta no es “qué le pides” al 2010, sino… ¿Qué vas a hacer TÚ en 2010 para conseguir lo que quieres?

Muchas veces dejamos nuestros deseos en eso, en meras declaraciones de intenciones. Luego nos dejamos llevar por la inercia, la rutina, los miedos, las inseguridades… y cuando termina el año nos damos cuenta que, de aquello que deseamos, poco se ha cumplido. Lo más curioso es la cantidad de gente que se lava las manos en tan triste resultado: “es que tengo mala suerte”, “es que es muy difícil”, “es que el mundo está contra mí”.

No. Son muchas las cosas que podemos hacer, mucho lo que está dentro de nuestro “círculo de influencia”. Tenemos por delante 365 días, de 1440 minutos cada uno. Tenemos un montón de capacidades y de recursos que podemos movilizar. ¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué no empezar ya mismo?

Por supuesto, hay cosas en la vida que escapan a nuestro control. Qué le vamos a hacer, la vida es así. Pero incluso en esas circunstancias, podemos elegir cómo afrontarlas.

Así que al 2010 yo no lo le pido nada. Sólo espero de mí mismo ser capaz de poner toda la carne en el asador, de actuar sobre todo aquello que está a mi alcance para perseguir mis metas y mejorar mi vida y la de los que me rodean. Y la capacidad de ir aceptando lo que venga con la mejor de las disposiciones.

Si está todo inventado: “La serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar aquellas que puedo y la sabiduría para conocer la diferencia.”

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Gestionar contactos

Bah. A quién se le ocurre…

Resulta que hoy, después de ni se sabe la de tiempo, se me ha ocurrido echar un vistazo a la carpeta de “Contactos”. Dos mil y pico dice Gmail, de los cuales más de cuatrocientos catalogados como “Mis contactos”. Un galimatías de mucho cuidado.

Empecé hace ya años a intentar mantener una agenda de contactos más o menos ordenada. Por aquella época con el Outlook de Microsoft. En paralelo, tenía la Palm sincronizada. Bueno, más o menos bien. El procedimiento era sencillo: cada vez que alguien me daba una tarjeta, yo disciplinadamente la metía en la agenda con el máximo detalle. Si alguien me comunicaba un cambio en directo, o por mail… pues lo mismo. El problema es que, actuando así, acabas teniendo una agenda en la que se mezclan tus padres, tus amigos, clientes, contactos ocasionales (la típica reunión en la que aparecen y te entregan tarjeta 10 tíos, de los cuales nunca vuelves a saber nada nunca), el teléfono de la peluquería, el del veterinario, el de la parroquia a la que tienes que llamar para que te den el curso prematrimonial…

Así, al cabo del tiempo, te encuentras con una agenda demasiado grande, en la que hay muchas personas a las que apenas consigues recordar vagamente (a las que por supuesto nunca volviste a contactar para nada). Y si al menos los datos fueran correctos… pero encima hay que lidiar con la desactualización de los datos. Gente que cambia de trabajo, o de teléfono, de email, o de dirección… sin avisarte; lo cual es lógico en la inmensa mayoría de las ocasiones (¿quién eras tú, al fin y al cabo, para que te notificasen un cambio?), y una falta de detalle en otras.

Por otro lado el móvil; durante un tiempo lo tuve sincronizado, pero desde que empecé a usar Gmail decidí pasar (no tiene una sincronización fácil, precisamente). En el móvil tengo nada más que los teléfonos de los más cercanos. Pero claro, a veces haces cambios en el móvil que no reflejas en la agenda. O viceversa. O sea, que al final de nuevo datos desparejados.

Y encima sumas que Gmail te guarda todos y cada uno de los correos intercambiados a lo largo del tiempo. O sea, que tienes que revisarte los cientos y cientos de personas que alguna vez te han escrito o a las que has escrito, no siendo que haya alguien susceptible de ser interesante y que se te haya pasado recopilar.

Pues eso. Un guirigay al que no sabes cómo meterle mano. Y al que, de hecho, no sabes si merece la pena meterle mano. La verdad es que creo que en la era de las redes sociales, el esfuerzo de mantener una “agenda” por uno mismo es un absurdo. Cada uno debería cuidar de mantener actualizados sus propios datos en las distintas redes sociales, y facilitar a los demás que se unan a ellas. Y francamente, si alguien no muestra ni el más mínimo interés en aportar sus datos a estos sitios, te hace pensar que quizás no merezca la pena tratar de seguir en contacto con él. Total, si a él no le interesa, pues adios muy buenas.

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Maratón de Fotodonaciones Cazurro.com + ACNUR

Acaba de ponerse en marcha la cuarta edición del Maratón de Fotodonaciones organizado por Carlos Cazurro a beneficio de Acnur. Ya tuve conocimiento de la idea el año pasado, y me pareció estupenda: Carlos pone a la venta copias de sus fotografías durante un mes, y los beneficios obtenidos se destinan íntegramente a un proyecto solidario (de la mano de ACNUR).

¿Y por qué me pareció tan buena idea? Pues porque va en la línea de algo que creo firmemente: que no hace falta ser una gran empresa para tener “responsabilidad social corporativa”, que todos podemos en nuestro ámbito de actuación hacer algo para mejorar la vida de los demás, que se pueden tener ideas originales y poner en marcha proyectos a base de ilusión y ganas…

Así que este año, aprovechando el nacimiento de Triopic, he querido contribuir al proyecto como (humilde) patrocinador. Se trata de aportar algún tipo de premio (en este caso, tres Triopics) que se sortearán entre todas las personas que “fotodonen”, o sea, que compren las fotos. Además, va un poco en línea con la idea que ya se esbozó con la campaña solidaria de Triopic.

Y además, en la medida de mis posibilidades, contribuiré a difundir esta idea y a animar la participación. Como siempre, hay muchas más causas que posibilidades de colaborar; pero eso no debe ser un impedimento para que cada uno elijamos las que más nos atraigan, y arrimemos un poquito el hombro. Normalmente, cuesta menos de lo que parece.

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