Desde muy pequeño, al niño le contamos un cuento antes de irse a dormir. Forma parte de su rutina, y no lo perdona por nada del mundo. Pero de un tiempo a esta parte, cuando ya toca apagar la luz, nos pide “un ratito más para leer”. Quiere quedarse él solo, con su cuento en la cama. Y según te vas por el pasillo, le oyes cómo va contándose, en voz alta, lo que sea (leer no sabe todavía, así que con las imágenes, y lo que se acuerda de lo que nosotros le contamos).

Más majo… y uno no puede por menos que sentir cierto orgullo de padre. Cuántas noches habré estado yo apurando el rato para leer. Siempre, desde que recuerdo, con una lamparita. Primero tebeos, luego los libros de Los Cinco, luego cosas más complicadas. Mi padre pasándose cada rato diciendo que “de día da Dios la luz de balde”, mi madre diciendo “apaga ya, que luego no hay quien te despierte”. Llegué incluso a tener una de esas mini-lamparitas que con una pinza se enganchaban al libro, y así podía leer debajo de las sábanas sin que, desde fuera de la habitación, nadie se diese cuenta y no vinieran a darme la tabarra. Más de una noche recuerdo haberla pasado prácticamente en vela, muerto de sueño pero incapaz de parar, devorando el libro que tenía entre manos.

En algún momento, eso cambió. No sé qué fue; probablemente este chisme diabólico que ahora tengo delante, llamado ordenador, tenga algo que ver. Ahora me cuesta mucho dedicar un ratito a leer, desde luego nada parecido a una rutina. Quizás sea algo que merezca la pena recuperar.

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