Hoy he tenido un entretenido intercambio de tuits con @sociologizando. Todo ha surgido con un planteamiento suyo, hablando del mundo del trabajo, donde decía que “los empleadores deberían pagar a sus empleados lo que se merecen”. Ahí le he respondido yo que eso de “merecer” no es algo objetivo, que los precios en el mercado de trabajo (como en cualquier otro) se fijan en base a la oferta y la demanda… y a partir de ahí nos hemos liado en una conversación (creo que twitter no era el canal más apropiado, pero no se nos ha dado mal) sobre si el mercado era “justo” o si era “perfecto”

En realidad se trata de una conversación que se repite de forma recurrente. Yo empiezo a hablar de la lógica de los mercados, y siempre sale alguien hablando de “lo justo”, “lo ético”, “lo correcto”… Entonces yo trato de explicar que la lógica de los mercados es la que es, y alguien acaba diciendo que yo soy un “defensor del mercado” o un “fundamentalista” (no ha sido el caso de Pablo, que no ha llegado a este extremo; pero creo que no le faltaba mucho :) ).

Y a mí me hace gracia escuchar eso. Nadie discute hoy en día la ley de la gravedad: si dejas algo suspendido en el aire, se cae (bueno, Newton lo dice mejor, pero por resumir :D ). A nadie se le ocurre decir que “la ley de la gravedad no es justa” o que “la ley de la gravedad no es ética” o que “la ley de la gravedad no es perfecta”. No sé si es justa o ética o perfecta, pero me da igual; es como es, y no puede ser de otra manera. Y por decir que “si dejas algo suspendido en el aire, las cosas se caen”, nadie me llama “defensor de la gravedad” o “fundamentalista de la gravedad”.

Y sin embargo, con el mercado sí ocurre, cuando desde mi punto de vista es tan “impepinable” como pueda serlo la gravedad. En condiciones normales, por nuestra propia naturaleza, tomamos decisiones respecto a la utilidad de lo que nos desprendemos vs. la utilidad que vamos a obtener a cambio (conceptos ambos subjetivos); eso determina el precio que estamos dispuestos a pagar/cobrar por algo. El agregado de las voluntades individuales forma las curvas de oferta y demanda, y allí donde se cruzan se formaliza el intercambio.

Por supuesto, el mercado tiene efectos negativos (igual que los tiene la gravedad; que se lo digan a la cabeza de Newton). Y se proponen medidas para limitar esos efectos negativos en la medida de lo posible, y está bien. Pero no se puede pretender definir una alternativa al mercado, “que no exista el mercado porque no es justo”, igual que resultaría absurdo pretender “que desaparezca la gravedad porque no es justo que te caigan cosas en la cabeza”. Hombre, si nos ponemos cabezones, podemos intentarlo: pero más tarde o más temprano tendremos que rendirnos a la evidencia de que hay cosas que son como son, y no pueden ser de otra manera: las cosas no dejarán de caerse, y las mareas no se retirarán.

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