Llevo con este tema en la cabeza desde hace un tiempo, y lo recuerdo cada vez que veo en los medios un “reportaje humano” en el que se centra la historia sobre personas concretas, de carne y hueso, y se nos narran sus miserias con nombres y apellidos. Puede ser una víctima de los bombardeos en Gaza, puede ser una familia con todos sus miembros en paro, puede ser un enganchado a las drogas, puede ser el afectado por un terrible error médico, o el que vive en un piso de 10 metros cuadrados, o los habitantes de un barrio marginal, o…

Personificar los dramas humanos tiene un indudable poder de comunicar emociones. Resulta difícil no empatizar con quienes sufren cualquier tipo de padecimiento. Y sin embargo, es una táctica engañosa porque se corre el riesgo de nublar la capacidad de análisis haciendo que se tome la parte por el todo.

Aunque suene frío e inhumano, los análisis tienen que evadirse de los dramas personales. Hay que ver números, tendencias, datos globales… para tener una visión equilibrada de la realidad.

“Detrás de los números hay personas”, dirá alguno. “No son de mentira, existen”. Claro que sí. El problema es que un drama personal puede sesgar la visión de la realidad, impidiendo que se tomen decisiones acertadas.

Claro, que bien lo saben esto en los medios de comunicación. Saben del poder del drama humano, y saben que siempre pueden encontrar a alguien que enfatice, a través de su experiencia personal, prácticamente cualquier postura que quieran promover; independientemente de que responda a una visión “objetiva” de la realidad o a una excepción. Y a partir de esa emoción comunicada, fabricar una corriente de opinión que sirva a sus intereses.

Posts relacionados