Hace unos días hablaba con un emprendedor (cada día me gusta menos la palabreja, pero bueno). Es decir, alguien para quien es lo más normal del mundo montar una empresa, y luego otra, y si le falla un negocio pues no pasa nada, y se vuelve a intentar…

Le comentaba que me daba una ¿sana? envidia esa capacidad para ponerse el mundo por montera y tirarse a la piscina a hacer cosas. A mí me cuesta horrores.

Y él me respondía: “bueno, es que en mi casa mi madre tiene negocios, mi padre tiene negocios… mis abuelos tenían negocios… es lo que he visto siempre en mi casa, no sé, para mí es lo normal.”

Vamos, que lo ha mamado desde pequeño. Estoy seguro de que eso influye, y mucho. En general, solemos aprender mucho de lo que vemos en casa y, aparte de que podamos tener unas determinadas condiciones innatas, la educación (que tiene mucho más que ver con el ejemplo recibido que con los libros que uno estudia) nos marca en gran medida.

Mis padres han sido empleados de caja de ahorros toda su vida. Desde que empezaron a trabajar, hasta que se/les prejubilaron. Una única empresa, una jerarquía clara, un entorno estable, y la perspectiva de “yo me jubilo aquí” (como de hecho así ha sido).

No, no quiero refugiarme en el determinismo para decir “ah, bueno, pues es que entonces…”. Seguro que se puede dar la vuelta a esa “configuración inicial”. Pero seguro que cuesta más trabajo que si eres hijo de emprendedores y nieto de emprendedores.

La putada es que ese entorno que vivieron mis padres, y que yo vi de pequeño, ya no existe. Ni en pequeñas ni en grandes empresas, ni siquiera en la misma entidad en la que ellos trabajaron. Quizás, y sólo quizás, la Administración es el último reducto de esa forma de entender el trabajo. Todos los demás, trabajemos por cuenta propia o por cuenta ajena, estamos condenados a ser “emprendedores” en cierta medida, a buscarnos la vida sin red de seguridad.

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