Ayer sucedió el fatal desenlace. Mi SonyEricsson k800i falleció. Llevaba un tiempo raro, con problemas de batería (parecía que cargaba bien, funcionaba ok del 100% al 50% de batería… pero ese último 50% se consumía en cuestión de minutos). Pensé que era efectivamente cosa de la batería, y compré otra. Pero el problema persistía con la nueva. Y cuando lo estaba recargando… de repente empezó a mostrar la pantalla blanca parpadeante (luego he visto que se la conoce como la White Screen of Death, WSOD) y no respondía nada más que quitándole la batería. Y al tratar de encenderlo, vibración, y de nuevo pantalla blanca intermitente. Hasta que, sin más, dejó de hacerlo. Eso y cualquier otra cosa. No responde a nada, ni al botón de encendido, ni da ninguna señal cuando le enchufas el cargador… nada de nada. Muerto total.

Así que aquí estoy, “desmovilizado”. Mientras miro de arreglarlo (en Pixmanía me ponen problemas con la garantía: dicen que al haberlo comprado como autónomo no aplica la garantía de 2 años, que sólo me dan 1 y que ya ha pasado; yo de momento he consultado con el Centro Europeo del Consumidor para que me asesoren, porque me parece de coña, y en todo caso aunque sea legal me parece un servicio muy pobre. Pero bueno, si tengo que llevarlo al servicio técnico y pagarlo, lo llevaré), he bajado al trastero a recuperar alguno de mis antiguos móviles para no quedarme incomunicado. La sorpresa ha venido cuando he puesto a cargar uno que llevaba 5 años durmiendo el sueño de los justos… y ahí está, funcionando perfectamente.

El caso es que este incidente me ha hecho recordar (en plan abuelo cebolleta) mi vida con los móviles y me he dicho “mira, para un post”.

Mi primer móvil… prestado

Corría el año 1999. Yo me disponía a comenzar mi primer trabajo en Bilbao. Como me acababa de mudar a un piso en el que no había teléfono (ni ganas de ponerlo) mis padres me dejaron un Ericsson “zapatófono” (ni idea del modelo… ni me acuerdo del número, de hecho) para tenerme localizado y hacerme la función de “teléfono de emergencia” (habida cuenta de que me pasaba el día en la oficina…). Por aquella época todavía me daba corte lo de hablar por el móvil, se me hacía raro. En realidad lo usé poco, ya que entre que pasé unas semanas fuera de España y que enseguida me compré el siguiente…

Mi primer móvil de verdad: el Ericsson T28

A raiz de una situación curiosa en el trabajo a finales de ese mismo 99 (que me guardo para contar otro rato) me cayeron del cielo 500.000 pesetas de las de antes así, sin comerlo ni beberlo. Y decidí darme el capricho de un teléfono molón. El elegido fue este T28, negro, de los de tapita, que vino junto a mi línea con Airtel (la línea que sigo conservando hoy día). Un teléfono muy completo para su época, con el que estuve muy satisfecho. Sólo tuve un pequeño problema con el cierre de la tapa (de hecho, durante un tiempo la llevé sujeta con una goma… muy cutre, lo sé), a pesar de que sufrió algún accidente notable (con agua incluída, y no doy más detalles).

El sustituto: SonyEricsson T100

El T28 funcionó perfectamente durante 3 años y medio. Pero en marzo de 2003, un buen día, petó. Y ya estaba yo pensando en cómo sustituirlo. Pero casualidades de la vida, esa semana había sido mi cumpleaños, y mi mujer había preparado una fiesta sorpresa en casa con amigos. Y uno de los regalos colectivos era (lo habían comprado antes de saber que el mío iba a petar)… un T100. Muy liviano y agradable a la vista, con su color azulito… un teléfono correcto. Probablemente no el que yo me hubiera comprado, pero llegó en el mejor momento.

Sin embargo, éste me acompañó poco tiempo. A los pocos meses, lo cambiaba por uno más potente y se iba a dormir el sueño de los justos a un cajón. Luego se fue al trastero. Y es el que, ayer, recuperé para darme uso mientras arreglo el otro.

Otro capricho: SonyEricsson T610

En septiembre de 2003 salí de BearingPoint, con simpático finiquito e indemnización de por medio. Y de nuevo me vi con dinero en las manos, y me permití otro capricho. Ahí vinieron juntos el T610 y la Palm Tungsten T3. Pantalla a color, cámara de fotos, conectividad (limitada) a internet… en fin, un salto cualitativo.

El T610 me acompañó otros tres años y medio, a plena satisfacción (y con marcas en toda la carcasa que demuestran que tuvo su uso). Pero tuvo que ceder al empuje de los nuevos terminales…

El teléfono casi-definitivo: SonyEricsson K800i

Conectividad real a internet, navegación, 3G, cámara de fotos muy solvente, grabación de videos, memoria para almacenar archivos… todo eso vino en febrero de 2007 (tras un azaroso proceso de compra) con el K800i, un teléfono con el que estoy muy satisfecho y al que sólamente le pongo un gran “pero”: la grabación de video, que me resulta muy pobretona. Suficiente para la pantalla del móvil, pero muy corta para la publicación web. Sin embargo, éste no era motivo suficiente como para plantearme un cambio, ya que aun así cubría muy bien mis necesidades en movilidad. De hecho, ni su reciente “fallecimiento” lo es, si consigo que me lo arreglen (sin que me cueste demasiado). Es un teléfono que me gustaría que siguiese conmigo otros dos añitos hasta cumplir los “tres años y medio” que, a tenor de mis experiencias con el T28 y el T610, es el periodo “normal” en el que un móvil (si no se estropea) me acompaña antes de que me entre el gusanillo de “saltar de nivel”.

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