Este de aquí es Tiger Woods. Con dos añitos. Y ya en la tele, como un animalito de feria, a demostrar lo bien que se le daban los palos. Desde entonces han pasado más de 30 años. Tiger Woods sigue dándole a los palos, es una estrella, lo lleva siendo desde hace años. Multimillonario y exitoso. Pero… ¿esto es vida? ¿Cuál es el precio de llegar a ser Tiger Woods? ¿No hacer otra cosa, en tu vida, que jugar al golf? ¿A cuántas cosas habrá renunciado para llegar a donde está?

Hablamos de Woods, podríamos hablar de Pedrosa, o de Nadal, o de Alonso, o de tantos y tantos. Al menos éstos lo han logrado, han llegado a ser los números uno. Quizás han pagado un alto precio por su dedicación casi exclusiva, pero han conseguido una buena recompensa. Pero… ¿qué hay de todos esos que inician el camino, igual que ellos, pero que no llegan a la meta? ¿Que sacrifican tanto como los otros, pero sin su misma recompensa?

No sé. Alguno dirá que, con la pasta que ganan, seguro que no tienen queja, que ya se cambiaban por ellos, que tienen buen dinero para gastarse en psicólogos si lo necesitan. Quizás. Pero a mí me da un poco de repelús. Y, como padre, creo que flaco favor le haría a mi hijo dándole unos palos de golf (o una raqueta, o un kart de juguete…) y llevándole a la tele a hacer monerías. Creo que esos padres son unos egoístas. Quieren convertir a sus hijos en algo que ellos no fueron, son sus intereses los que priman por encima de los de las criaturas. Quizás crean que les hacen un favor “convirtiéndoles” en estrellas. Yo creo que el favor se lo hacemos dejando que crezcan a ritmo, dejando que descubran la vida, proporcionándoles posibilidades… y no diseñándoles una carrera.

(Video visto en El Confidencial)