Los proyectos QCHYA (o “cuchia”) son… sí, vamos, no me digáis que no habéis oido hablar de ellos. Seguro que cuando los explique os suenan mucho. Y es que QCHYA es el acrónimo de Qué Coño Hago Yo Aquí. Seguro que ahora ya los vamos encajando mejor, ¿a que sí?

Se trata de esos proyectos en los que, simplemente, no sabes qué aportas. No sabes demasiado bien qué es lo que busca el cliente (porque dice una cosa y hace otra, o porque nadie se para a contártelo) y/o desde luego no entiendes por qué han contratado contigo o te han asignado al mismo, porque no tiene demasiado que ver con lo que tú sabes hacer. Proyectos en los que no te proporcionan los recursos necesarios para desarrollarlos, ni autonomía para ir avanzando, en los que no puedes aportar criterio ni opinión ninguna.

Pero ahí estás, y hay que hacer como que sí sabes lo que estás haciendo.

Recuerdo varios de estos a lo largo de mi carrera consultoril. Son proyectos agotadores mentalmente, en los que gran parte de las horas las pasas perdiendo el tiempo, bien porque no tienes ni idea de por dónde seguir o bien porque no te proporcionan los recursos (información, acceso a las personas clave, etc.) necesarios para hacerlo. Proyectos en los que tienes que poner más veces de las recomendables “cara de haba” porque no puedes decir nada medianamente inteligente. Proyectos en los que cada nuevo entregable se transforma en una fuente de angustia, porque te das cuenta de que no estás aportando ningún valor (aunque, con el tiempo, te das cuenta de que cuando estas cosas suceden es porque tampoco nadie está esperando que aportes demasiado…).

Si me pongo a pensar, creo que en este tipo de proyectos han coincidido algunas variables comunes:

  • Eran proyectos en grandes organizaciones: estructuras gigantescas, donde hay espacio para la dilución de responsabilidades, donde tu persona de contacto probablemente no tenga mayor interés ni conocimiento del proyecto que tú (pero le ha caído el marrón de tratar contigo), donde si te descuidas pueden pasar días sin que nadie se acuerde de que están pagando un consultor (y que está en aquélla habitación del fondo donde no va nadie nunca), en los que gastar pasta en consultoría sin resultados es una posibilidad.
  • Eran proyectos “delicados”, con un cierto componente político (en el que entraban en juego rivalidades entre departamentos, etc.), en los que el consultor debía ser muy discreto: no puedes moverte por tu cuenta, ni planificar reuniones por tu cuenta (probablemente requieran aprobación del supervisor de tu contacto), ni pedir información de cualquier forma (siempre a través de tu contacto, que a su vez tiene que pedirla a otro departamento probablemente opuesto al proyecto, que a su vez…)
  • Eran proyectos en los que te dejaban “de la mano de dios”: tu gerente aparecía de guindas a brevas, echaba un vistazo superficial a las cosas… y desaparecía. Poca o ninguna orientación sobre por dónde avanzar, poca o ninguna gestión, poco o ningún interés por conocer la evolución del proyecto, poca o ninguna ayuda para sacarte de los atolladeros.
  • Para ser sinceros, yo lo he pasado mal en esos proyectos. Por la sensación de perder el tiempo, de que lo que estás haciendo no vale para nada, de estar “con el culo al aire” permanentemente, de que no avanzas, de que no aportas. Sobre todo, por la sensación de estar proporcionando, con perdón, “un servicio de mierda”. Son proyectos en los que lo único que he deseado era que me sacasen de allí de cualquier forma, porque no veía la manera de terminarlos con bien. Algunos terminaron abruptamente. Otros terminaron con de forma vergonzante (se da por terminado sin ningún resultado plausible, aquí paz y después gloria… y tú has perdido el tiempo miserablemente).

    Creo que en resumen se puede decir que son proyectos hechos a conciencia de que da igual cómo resulten, en los que no se espera obtener ningún resultado real (ni rentable) ni ninguna contribución apreciable por parte del consultor, y que únicamente sirven para justificar alguna necesidad (en algunos casos más oculta, en otros más explícita) de quien te contrata.

    Pero mientras tanto, ahí tienes que estar tú pasando malos ratos. Cuando no eres consciente de estas realidades, angustiado por que ves que no estás siendo capaz de aportar. Y cuando eres consciente, hasta el gorro de perder el tiempo y de hacer un trabajo que sabes que no va a valer para nada.

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