Ayer, a raiz de un “sucedido blogosférico”, me dio por reflexionar sobre la figura de los mercenarios. No hago referencia al sucedido en sí porque no es lo relevante (es decir, no quiero personalizar en el asunto concreto, y menos cuando no conozco detalles), pero sí en la situación genérica.

Los mercenarios tienen un problema: que tan pronto te vienen como se te van. Para mí, un cierto grado de lealtad siempre es un valor.

Nos encontramos este perfil mercenario en muchos sitios: en el ámbito laboral (hoy trabajo en esta empresa, pero pasado mañana me voy a la competencia que me dan más), en el ámbito de las relaciones comerciales (hoy soy cliente de este banco, pero mañana me llevo todo al otro por una décima TAE; hoy soy de esta compañía telefónica, mañana cambio porque me dan un movil nuevo…), en el ámbito de las relaciones personales (hoy estoy contigo, pero mañana me voy con otro que me gusta más).

Vamos a ver, que no se me malinterprete; me parece muy bien que cada uno decida ser como quiera. Es más, creo que lo de “ser mercenario” no es una cuestión de si o no, sino que es un contínuo, y que todos tenemos ciertas dosis de carácter mercenario. Pero creo que en mí es un rasgo menos acusado que en otros, lo cual me lleva a recelar de quien lo tiene más marcado. Hasta el punto de que no me gustaría rodearme de ese tipo de perfiles. Porque son inmunes al compromiso o la lealtad. Tan fácilmente como están contigo un día, pueden irse con otro al día siguiente a poco que haya unas condiciones “mejores”.

Sé que va a haber al menos dos objecciones a este planteamiento.

La primera tendrá que ver con el “derecho a prosperar“. Con que los cambios son en beneficio propio, y que tenemos todo el derecho a hacerlos. Hombre, por supuesto, tenemos el derecho (es más, la obligación) de buscar lo mejor para nosotros mismos. Pero hay un par de factores que permiten matizar la cuestión: una es la frecuencia de los cambios (está bien cambiar de vez en cuando, pero si te pasas la vida cambiando… o es que haces los cambios sin ton ni son, o que eres un poco volátil), y otra es la coherencia con que lo hagas (decir un día “ésta es la mujer de mi vida” y al día siguiente irte con otra… pues no; es más comprensible el “creí que las cosas iban a ser de una manera y luego no han sido así, me he equivocado”).

La segunda tiene que ver con la reciprocidad. Por qué vamos a ser leales y a mantener un compromiso con quien no lo hace con nosotros. Por supuesto, está claro que esto de las lealtades es de ida y vuelta, si no estaremos haciendo el tonto.

En fin, sé que estos planteamientos de lealtad o compromiso pueden sonar a antiguo en un mundo de egos hipertrofiados y hedonismo superlativo. Tampoco nos equivoquemos, que yo también hago mis cuentas para valorar qué hago o qué no hago, lo de la fe ciega no es lo mío. Pero en esa balanza, para mí cuentan bastante este tipo de cosas.