La “zona de confort” es un concepto que me resulta muy interesante desde la primera vez que tuve conocimiento de él.

La Zona de Confort es el conjunto de creencias y acciones a las que estamos acostumbrados, y que nos resultan cómodas. Aquello que está dentro de nuestra zona de confort lo podemos hacer muchas veces sin mayor problema y no nos produce una reacción emocional especial; en cambio, lo que está fuera de nuestra zona de confort nos incomoda, nos produce un cierto rechazo, nos provoca ansiedad o nerviosismo, nos da palo.

Yo soy muy de zona de confort. Vago y cobardica para atreverme con cosas que me incomodan. Lo de la osadía… es para otros. Me agobio y me ofusco cuando me veo sometido a situaciones fuera de mi zona de confort, y me siento enormemente aliviado cuando me alejo de ellas para volver a mi reducto.

Realmente se me hace difícil entender cómo pude un día aprender a nadar, a montar en bicicleta o a conducir. Por otra parte, el haber sido capaz de hacer estas cosas (y muchas otras en mi vida) debería hacerme pensar que puedo hacerlo con otras, ¿no?

Dicen que el aprendizaje y el crecimiento personal sólo se produce fuera de esa zona de confort. Y dicen que el crecimiento personal es una de las mayores fuentes de satisfacción personal. Por lo tanto, se produce la paradoja de que para alcanzar la satisfacción se tiene que exponer uno a la incomodidad, mientras que quedarse a resguardo y cómodo lleva a la frustración. El corto plazo y el largo plazo, una vez más.

Ya lo decían en este estupendo video que me pasó un día Emili con consejos para la vida: “haz todos los días algo que te dé miedo”.

Voy a tener que mejorar mucho en eso. ¿La forma de hacerlo? “Simplemente hazlo”