Doña ManolitaGran Vía de Madrid, tres y pico de la tarde de un 15 de noviembre. Queda más de un mes para el sorteo de Navidad, pero la gente hace cola delante de la administración de Doña Manolita, clásica entre las clásicas. Y es que con esto de la lotería cada uno tiene sus manías, y comprarla “donde Doña Manolita” es una de las más arraigadas. Hay otros que compran el número PI, y otras (y no miro a nadie…) que la compran en administraciones con nombres de animalitos que le llaman la atención…

Todos soñamos (también es lo que nos venden) con la suerte, con el “te puede tocar a tí”, con el “siempre hay alguien a quien le toca”, y soñamos con protagonizar esas escenas de champán despendolado, de poder contestar un “tapar unos agujerillos” cuando nos pregunten qué haremos con el premio… y mientras tanto, el dinero se va de nuestro bolsillo para que se lo lleve el Estado.

En fin, es una tradición, y yo no escapo de ella. No fue en Doña Manolita pero será en otra Administración, compraremos unos décimos y lo repartiremos con la familia. Y el día antes del sorteo soñaremos con el “y si toca…” Y cuando comprobemos en el listado del periódico (bueno, va, ahora con el rollo moderno de las webs…) que no hemos sido nosotros, diremos lo de que “lo importante es la salud”.

Para algo es Navidad, ¿no?

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