Me llega al email un mensaje escrito en portugués, que con cierta dificultad consigo leer. Se trata de una psicóloga brasileña, una tal… (bueno, mejor no pongo el nombre, que tampoco se trata de hacer “sangre” con ella sino de extrapolar el ejemplo), que dice que ha leído mi artículo sobre la jubilación en El Blog Salmón (aunque a tenor de lo que sucede después, no parece que demasiado bien :) ). El caso es que me cuenta que es terapeuta de pareja y de familia, que no tiene mucho tiempo libre, que le han invitado a dar una conferencia sobre “nuevas relaciones en la jubilación” y que si puedo proporcionarle material para preparar su intervención: textos, materiales o actividades para desarrollar con 15 parejas que están a punto de jubilarse.

En fin, una curiosa petición a la que, con cierto esfuerzo y ayudado por el diccionario, intento contestar en portugués: “Gracias por el email. No hablo portugués pero entendí lo que decías. Lo siento, no te puedo ayudar”.

Hoy me encuentro con una respuesta que me deja francamente sorprendido. De nuevo en portugués (no sé muy bien qué parte de “no hablo portugués” no ha entendido), me dice lo siguiente:

“Me sorprende su email porque alguien que se atreve a escribir en internet sobre jubilación o sobre cualquier otra cosa me dice que no me puede ayudar, no tiene nada con lo que contribuir o intercambiar conmigo. De ahí pensé: una de dos, o es egoista y cree que el mercado de la consultoría es suyo, se siente amenazado y no quiere perder el tiempo con alguien de tan lejos que ni siquiera conoce; o es alguien que nunca ha oído hablar de la ley del retorno, y también puede ser que sea alguien muy limitado que no debe tener mucho margen para desarrollarse”.

Alucinado, le he contestado. Esta vez en inglés, que no deja de ser “lingua franca”. No voy a perder el tiempo en intentar malexpresarme en portugués, ni a asumir arrogantemente que entiende el español (que, visto lo visto, lo entiende poco).

“‘Como ya he dicho antes, no hablo portugués. Sin embargo, hice el esfuerzo de tratar de leer tu mensaje, e incluso un esfuerzo superior en intentar escribir una pequeña respuesta. No tengo ninguna información sobre relaciones en la tercera edad. Hablo de la jubilación desde una perspectiva económica, que no tiene nada que ver con “relaciones”, y ese es el motivo por el que te digo que no te puedo ayudar.

Dicho esto, he encontrado francamente desagradable tu respuesta, en la que en vez de agradecer y tener en cuenta mi esfuerzo en darte una respuesta medianamente amable, eres tan brusca llamándome “egoista” o “limitado”. Lo cual no deja de ser una forma bastante curiosa de pedir ayuda. No parece que hayas oído hablar mucho de esa “ley del retorno” que mencionas, porque si no no entiendo cómo pretendes que la gente te ayude comportándote así.

Si me permites un consejo, intenta no insultar a la gente a la que pides ayuda. Así se incrementarán las probabilidades de conseguir esa ayuda.

Mucha suerte con tu conferencia.”

En fin, el motivo por el que traigo esto aquí es por un lado desahogarme un poco (realmente me ha tocado la moral) y por otro poner sobre la mesa el comportamiento de determinados perfiles, que más que pedirte te exigen que les ayudes a hacer su trabajo permitiéndose el lujo de ser desagradables en el camino. Seguro que a todos nos ha pasado alguna vez. Que yo sepa, así no funcionan las cosas… si quieres que te ayuden, es más fácil si antes has ayudado tú. Dar antes que recibir. Sembrar antes que recoger. Y lo de la amabilidad y la cortesía, qué os voy a contar…

PD.- Había una tercera motivación, que era poner el nombre de esta “psicóloga” (con psicólogos así, los pacientes tienen que estar de un tranquilo…) para que entendiese bien, vía posicionamiento de su nombre en Google, eso de la “ley del retorno”. Afortunadamente mi nivel de rebote ha bajado a límites controlables antes de hacerlo.

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