ValidarAquello de “la primera impresión es la que cuenta” o “sólo tienes una oportunidad para causar una buena impresión” es, en mi caso, muy cierto. Soy mucho de “primeras impresiones”. Cuando conozco a alguien, tiendo a colgarle etiquetas de forma bastante rápida: “este es un tipo majo”, “este es un tonto de las narices”, “este es un pringao” o “este es un genio”.

Lo hago tanto en conocimientos “físicos” como virtuales: cómo habla, cómo escribe, cómo gesticula, cómo viste, de qué habla, cómo mira, cómo reacciona… todo eso va a una coctelera de la que sale un juicio cuyo resultado acompañará a esa persona para siempre y que marcará mi relación con ella. Ya se sabe, aquello del “efecto halo”.

Por supuesto que tengo flexibilidad para envainármela si mi primera impresión es equivocada. Pero digamos que la carga de la prueba recae en el contrario: si de uno pienso que es un tontolaba, tendrá que demostrarme varias veces y de forma contundente que no lo es para que cambie mi percepción. Y si de alguien pienso que es majo, tendrá que cagarla varias veces antes de que cambie mi opinión.

Ya sé que con este medio de “etiquetaje” rápido posiblemente cometa errores: que descarte a personas interesantes debido a una mala impresión inicial, o que se me cuele algún gañán. Pero la sensación que tengo al cabo de los años (y el motivo por el que, supongo, sigo haciéndolo) es que en términos generales acierto, lo cual valida el sistema.

Aunque también habría que ver cuánto de profecía autocumplida hay en todo eso… si considero que alguien es gilipollas de primeras, posiblemente empiece a tratarle como tal, lo cual generará en él comportamientos aun más gilipollescos (que vendrán a reforzar mi tésis). Y si considero a alguien majete, empezaré a tratarle de majete lo cual redundará en que su reacción sea positiva y tienda a enajar en ese perfil.

Vaya, qué desvaríos mañaneros…

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