La otra tarde me acerqué a mi antigua oficina, a ver a los ex-compañeros. De hecho, nos fuimos la familia al completo, pequeñajo incluido, y así se lo enseñaba (10 meses, ya me vale!). Fué una sensación extraña. Como de “distancia”. No me refiero al trato (estuvimos de charleta y de risas un ratillo), si no a mi percepción del sitio. Sí, era mi oficina. Y mi despacho (convenientemente fagocitado por dos nuevos consultores). Era la misma luz, el mismo ruido de los teléfonos, la misma moqueta. Y sin embargo, yo tenía la sensación como que nunca hubiera estado allí. Como si todo aquello fuese completamente ajeno.

Me preguntaba mi mujer al salir que qué había sentido. Nada. Desde luego, nada parecido a la nostalgia. Nada parecido a echar de menos aquello. Sí quizás un punto de lo personal, pero nada desgarrador. Tampoco nada parecido al alivio, de pensar “qué bien que dejé atrás esto”. Sí me dió un poco de pena ver aquel ambiente (las corbatas, los agobios, las 8 de la noche y todos allí sin intención de irse a ningún lado), pero no más que la que me da cuando veo a cualquier encorbatado full-time. En definitiva, es como si aquello no significase nada para mí, ni positivo ni negativo.

No sé si es bueno o malo.

Tags:

Posts relacionados