La otra tarde me acerqué a mi antigua oficina, a ver a los ex-compañeros. De hecho, nos fuimos la familia al completo, pequeñajo incluido, y asà se lo enseñaba (10 meses, ya me vale!). Fué una sensación extraña. Como de “distancia”. No me refiero al trato (estuvimos de charleta y de risas un ratillo), si no a mi percepción del sitio. SÃ, era mi oficina. Y mi despacho (convenientemente fagocitado por dos nuevos consultores). Era la misma luz, el mismo ruido de los teléfonos, la misma moqueta. Y sin embargo, yo tenÃa la sensación como que nunca hubiera estado allÃ. Como si todo aquello fuese completamente ajeno.
Me preguntaba mi mujer al salir que qué habÃa sentido. Nada. Desde luego, nada parecido a la nostalgia. Nada parecido a echar de menos aquello. Sà quizás un punto de lo personal, pero nada desgarrador. Tampoco nada parecido al alivio, de pensar “qué bien que dejé atrás esto”. Sà me dió un poco de pena ver aquel ambiente (las corbatas, los agobios, las 8 de la noche y todos allà sin intención de irse a ningún lado), pero no más que la que me da cuando veo a cualquier encorbatado full-time. En definitiva, es como si aquello no significase nada para mÃ, ni positivo ni negativo.
No sé si es bueno o malo.
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Es bueno.
Si trabajases en un sitio donde al dejarlo sintieses que atrás dejabas a tu familia, no serÃa bueno, significarÃa que tendrÃas dos familias.
Tenemos que tener claro que la familia es lo primero y en el trabajo sólo entregamos tiempo y esfuerzo, en este orden, a cambio de dinero.
Si tenemos que buscar en el trabajo algo de lo que nos da nuestra familia, tenemos un problema.
Siento lo mismo que tú.
Un abrazo y enhorabuena, creo que vas muy bien.
David Serantes