Ayer en la jornada de “Blogs la conversación” sucedió otra vez. Es algo que me persigue de toda la vida de dios; me pasaba en el colegio, en la universidad, en cursos en el trabajo, en reuniones de trabajo, en conferencias…

Cuando alguien (un profesor, un ponente, el que dirige la reunión) dice “¿Alguna pregunta?” y mira alrededor, expectante… no puedo dejar pasar más de 5 segundos sin levantar la mano. No es una cuestión de curiosidad insaciable (a veces sí, pero no es la norma). Simplemente, “me duele” que nadie pregunte nada. Que una persona se ofrezca a dar respuestas, se ponga a disposición de un auditorio, y nadie tenga el suficiente interés (o que tenga demasiada “vergüenza”) como para tener la deferencia de hacerle una pregunta.

Quizás todo venga porque yo he sido formador. Y resulta frustrante haber hecho el esfuerzo por preparar un curso (o una conferencia), haberse desplazado (o conectado en remoto, es igual), haber defendido unas posiciones… y luego ver que no has generado ningún interés. Y coño, hacer una pregunta no cuesta nada y el ponente al menos se va con la sensación de “me han escuchado, algo interesante habré dicho”.

¿Eso me lleva a preguntar tonterías? Hombre, creo que no (aunque obviamente es una opinión un tanto subjetiva). Quizás no haga “la pregunta del millón”, pero sí doy pié a que el sujeto en cuestión hile un par de frases con su discurso anterior.

En fin, no sé. Es superior a mí, así que tampoco lo puedo evitar. Así que ya sabéis, si alguna vez habéis sentido el “vacío” como conferenciantes cuando buscáis alguna respuesta de vuestra audiencia, lo que tenéis que hacer es llevarme de público que doy mucho juego :) . Eso sí, arraso con los caterings. Advertidos quedáis.