Tengo una relación ambivalente con las tarjetas de visita. Por un lado, me parecen un engorro: tanto llevar las propias como luego almacenar las ajenas. De hecho, cuando me dan tarjetas suelo pasarlas cuanto antes al Outlook. Durante un tiempo, además, las guardaba en un bonito tarjetero. Pero es de estas costumbres que te das cuenta que no tienen ningún sentido y que no aporta nada: mantener un tarjetero físico ordenado y al día es sumamente tedioso y diría que, en el fondo, imposible. Por no hablar de la caducidad de los datos…

Pero me da pena. Porque hay algunas tarjetas con diseños muy chulos, y da como cosa tirarlas. Pero es lo que estoy haciendo últimamente; en cuanto las he “picado” en el PC, se van a la bolsa de reciclaje de papel.

Pero luego tienen su utilidad: cuando vas a un “sarao”, tener tarjetas es fundamental. Yo ayer en el B&B (luego cuento más sobre él) me sentí un poco vacío sin tarjetas. Había gente que llevaba un taco y las repartía a diestro y siniestro. Y yo sin una mala tarjeta que entregar… porque eso de las vCard todavía no está muy al día.

Tengo las nuevas de WSL, pero en según que lugares no me apetece entregar la “corporativa”. Creo que me voy a hacer unas tarjetas personales….

Ahora bien, ¿qué me hago? ¿Una como “blogger” con el logo y dirección del blog? ¿Otra como “profesional independente”? ¿Otra como “persona humana”? Y ahí me veo cargando con cinco tacos de tarjetas a la vez. ¿No quieres caldo? Pues toma dos tazas.