A raiz de un estudio elaborado por Caixa Catalunya y al que se le está dando cierta “vidilla” desde los medios (situación sin duda favorecida por todo el debate acerca de la inmigración que estamos viviendo), elaboré una nota en El Blog Salmón en la que se ha suscitado un enconado debate.

La idea no es reproducir aquí dicho debate (el que quiera aportar alguna luz sobre los efectos económicos de la inmigración, que se pase por allí), sino reflexionar sobre algo que, al final, nos afecta a todos en nuestras vidas personales y en las profesionales. Y es que, por debajo de los argumentos racionales, al final hay otras cosas: llamémoslo modelos mentales, o visiones del mundo, o cosmovisiones, o como sea. Pero cada uno tenemos nuestra forma de entender el mundo y eso condiciona nuestros razonamientos y nuestras acciones.

Y llega un momento, en algunas discusiones, en la que lo que te encuentras es que no hay argumentos posibles para “convencer” al contrario. Porque lo que hay de fondo es una diferencia estructural sobre cómo cada uno entiende que deben ser las cosas. Y sobre eso hay poco que discutir, al margen de que luego puedas tener una opinión respecto a la moralidad o inmoralidad de dichas visiones del mundo.

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